El establecimiento de límites
es importante ya que éstos ayudan a formar la identidad personal
de los jóvenes. Tenemos que reencontrar el sentido de educar en los
límites. Y a ello tal vez nos ayude el recordar por qué los límites hacen
bien y son educativos, y en qué sentido contribuyen a lograr la madurez
psicológica.
Se ha afirmado que “el
límite es el valor identificador de cada persona, es su nombre”.
Algo está bien definido
cuando sabemos lo que es y lo que no es. Una persona tiene una identidad
definida cuando sabe quién es y quién no es, cuando sabe lo que piensa,
siente y quiere. Pero al mismo tiempo, sabiendo esto sabe lo que no piensa,
lo que no siente y lo que no quiere, lo que no puede y lo que no debe. Sabe
quién es, qué lo diferencia de los otros, y no se confunde. Esto le da
conciencia de su identidad. Esto le da unidad y le permite
reconocerse y moverse adecuadamente en su ámbito.
Para ver con mayor claridad
por qué los límites le dan identidad a la persona, nos
detendremos a analizar sus dos funciones, a las que llamaremos negativa y positiva respectivamente.
La negativa es aquella por la cual los límites nos recortan algo, como si
nos quitaran cosas o nos empobrecieran, privándonos de lo que no es
nuestro. Podemos decir, en referencia a esta función, que los
límites restringen el deseo, distinguiendo la realidad de la fantasía.
Por su parte, la función positiva es la que constituye, la que dice lo que
se es, la que establece quiénes somos ante los otros.
Ambas funciones de los
límites, actuando simultáneamente, nos dan la identidad, nos
definen como personas y nos ubican en la realidad, porque nos permiten saber
quiénes somos y quiénes no. Descubrimos quiénes somos, con toda la riqueza
y la pobreza que acompaña a ese descubrimiento. Pobreza, si nos creíamos
más de lo que éramos. Riqueza, si nos damos cuenta que somos totalmente
originales, únicos e irrepetibles, que no podemos confundirnos con los
otros.
En sus relaciones sociales
actuales y futuras, los niños tienen que reconocer y valorar su propia
identidad y la de los demás. El amor sólo es posible entre personas con su
propia identidad. Sin identidad no hay amor sino sometimiento y posesión.
El ser humano logra bienestar si,
en sus relaciones consigo mismo y con los demás, se mantiene en esos
límites, moviéndose con libertad en ellos. En cambio, si despliega una
búsqueda de sí o de los otros, creando objetivos y expectativas fuera de
esos límites personales, se siente mal. En tal caso, sus capacidades y
aptitudes de ser intentan sobrepasar su realidad. Entonces, vive una
fantasía; o bien sufre la angustia y frustración de no alcanzarse a sí, ni
comprender a los otros.
Tenemos que perder el miedo a
limitar a los niños. Limitar no es aniquilar. Limitar es dar vida, si lo
hacemos adecuadamente. El gran peligro reside en ver en los límites sólo su
aspecto negativo-empobrecedor: lo que nos quitan y nos prohíben.
Los límites son educativos
por lo siguiente: la realidad nos limita. Mal que nos pese, no somos
omnipotentes. Y es bueno ir vislumbrando esto desde chicos. La realidad no
es tan manipulable como los niños o los adolescentes pretenden desde su
pensamiento mágico y egocéntrico. La vida muchas veces nos dice no y,
si no sabemos aceptarlo, viviremos resentidos.
Por ello, la educación tiene que
llevar a la persona a comprender y aceptar que no todo saldrá siempre según
su deseo, que no siempre logrará lo que se propone. Esto se denomina tolerancia
a la frustración y es un rasgo fundamental de la personalidad
madura. Quien no lo adquiere será un caprichoso consentido, aunque tenga 40
o 65 años.
Entonces, cuando papá dice «basta»
o «no hay más», o «esperá un ratito» o «hasta acá», de algún modo está funcionando
como un representante de lo real para ese hijo; le está
adelantando situaciones que tendrá que experimentar, lo está ayudando a
ubicarse.
Los límites son educativos
porque ayudan al joven a salir de su narcisismo y a prepararse para
amar. Miremos cuando la madre le pone una condición («te dejo ver
los dibujitos si ordenás la pieza») o plantea una renuncia o un sacrificio
por amor («no pidas este juguete porque papá anda con poca plata a pesar de
todo lo que trabaja»): esto hace que el hijo o la hija deje su narcisismo
(el quererse a sí mismo/a por sobre todo lo demás) y vaya aprendiendo el
verdadero amor vincular desde sus primeras relaciones afectivas. Reconocer
el deseo del otro es uno de los rasgos más importantes de madurez.
Los límites son educativos
porque ayudan a la persona a desarrollar la aceptación de la ley y el
respeto a la autoridad legítima. No puede haber
socialización ni verdadero sentido de la justicia si no se renuncia al
principio del propio placer y al interés egocéntrico.
El deseo del propio placer
tiene sus propias leyes. Su consigna es: ¡Quiero todo
ya! Los límites ponen fin a esta fantasía de omnipotencia e
ilimitación. Así, los límites nos ubican en la puerta de la satisfacción
más profunda de la persona, su realización en la dimensión relacional, su
realización en el amor.
Si el niño o el adolescente
permanecen en un estado de ilimitación, de satisfacción espontánea de sus
continuas demandas, nunca llegarán a la madurez humana. Como se ha
señalado: “ […]cometeríamos un grave error educativo si
persistiéramos en una concepción anacrónica, como también si
desaprensivamente echáramos ahora todo por la ventana, y proclamáramos la
pura y absoluta espontaneidad, abandono al hombre, al niño, al adolescente,
a sus deseos.No
hay educación sin una adecuada dosis de frustración. Porque toda educación
supone la reducción del deseo y de la fantasía de omnipotencia.”
Que no quede ninguna duda: el
establecimiento de límites es esencial a la hora de educar.
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